SÃndrome del emperador No puedo con mi hijo
¿Tu hijo impone su ley en casa? ¿Imposible decirle que no sin que estalle en un ataque de ira? ¿Sus llantos y rabietas agotan vuestra paciencia?
Puede que esté sufriendo el SÃndrome del Emperador, un fenómeno cada vez más frecuente en el que se invierten los papeles: los hijos dominan a los padres y, en los casos más extremos, les maltratan.
El niño tirano, ¿nace o se hace?
Aunque no existe ningún cuadro clÃnico con esa denominación, se usa la expresión SÃndrome del emperador para referirse a niños que presentan determinadas caracterÃsticas como insensibilidad emocional, poca responsabilidad ante el castigo, dificultades para desarrollar sentimientos de culpa y ausencia de apego hacia los progenitores y otros adultos.
En general, se tiende a culpar en primer lugar a los padres de este tipo de conductas por ser demasiado permisivos y protectores con sus hijos; aunque también influye el ambiente porque los niños de hoy en dÃa viven en una sociedad consumista, individualista y que prima el éxito fácil y rápido por encima de todo. Además, puede existir una predisposición genética de carácter que explicarÃa por qué dentro de la misma familia, y en las mismas condiciones, sólo se ve afectado un miembro.
Además, no existe un patrón. Unas veces es el hermano pequeño; otras, el mayor; otras, hijo único o adoptado, otra hijos de padres mayores, de familia monoparental, etcétera. Eso sÃ, parece que se da más entre clases altas y medias y entre niños que niñas, aunque las niñas están ganando terreno.
¿Cuándo se gesta el sÃndrome del emperador?
La estructura familiar ha cambiado mucho, el matrimonio ya no dura toda la vida -los divorcios y recomposiciones están a la orden del dÃa-, los hijos únicos son legión y, además, tenemos a los hijos cada vez más tarde o los adoptamos. En este caldo de cultivo es fácil que un niño se convierta en un bien precioso cuyos deseos siempre hay que satisfacer, que no puede sufrir ni conocer lÃmites ni disciplina.
Hasta el año, todos los bebés son pequeños déspotas: los demás sólo existen para satisfacer sus necesidades. A partir de ahÃ, va aprendiendo estrategias para salirse con la suya, un asalto al poder progresivo e imparable si no encuentra ninguna resistencia. Como las famosas y temidas rabietas, por ejemplo, una manifestación de descontento normal, pero que hay que saber atajar.
Hacia los cuatro años, lo habitual es que el niño ya sea capaz de verbalizar su rabia y, a los cinco, de controlarse más o menos. No es el caso de los niños tiranos, que intentan imponer de manera sistemática su voluntad, son agresivos, sufren constantes rabietas en lugares públicos y convierten el dÃa a dÃa de toda la familia en un calvario. Los padres acaban por rendirse con sucesivas renuncias con tal de lograr una paz precaria. Se convierten en maestros en el arte de evitar potenciales conflictos y ya no se atreven a pedirle nada a su hijo a menos que estén seguros de su respuesta. Y el niño mimado pasa a ser el rey de la casa, de ahà a niño tirano, y por último, si la agresividad persiste, se trasforman en adolescentes descontrolados y maltratadores de sus padres.
En la memoria 2011 de la FiscalÃa General se duplicaron los expedientes incoados por esta causa -unos 9.000-, y eso que, según los expertos, sólo en uno de cada ocho casos se denuncia.
Cómo actuar con un niño tirano
La frustración es un sentimiento indispensable en el desarrollo infantil: el niño necesita, desde que tiene más o menos un año, rutinas, reglas y lÃmites claros sobre lo que puede y no puede hacer. De hecho, uno de sus deportes favoritos consiste en poner constantemente a prueba a sus padres para ver hasta dónde puede llegar.
Pero a partir de los seis años hay niños que se muestran muy impulsivos, que mienten, que tienen actitudes vengativas, que no conectan con los demás, que son insensibles, con ganas de hacer el mal porque sÃ, se sienten poderosos, carecen de empatÃa… Estas son actitudes tiránicas, que a los once años se pueden agudizar y que a los 15 años ya son difÃciles de encauzar porque se juntan con la rebeldÃa propia de la adolescencia.
Y es que educar no es fácil, y debe implicar ciertas dosis de frustración para equilibrar el amor infinito que sentimos por nuestros hijos. Si los padres ejercen su autoridad con cariño y constancia, los apuntes de tiranÃa deberÃan ir poco a poco mitigándose. El problema llega si no hay reacción por parte de los progenitores, que, en su afán de buscar una explicación-excusa a todo –“el niño tiene mucho carácterâ€, “lo que hace es normal a su edadâ€â€¦- no se atreven a imponer la más mÃnima disciplina. El problema se va agrandando hasta que la familia tiene la sensación de que se le ha ido de las manos. ¿Qué hacer entonces? No se trata de volver a las prácticas de antaño, sino de actuar con sentido común, sin exasperarse y sin violencia.
Reglas básicas para frenar comportamientos tiranos
Si los padres han llegado al punto lÃmite con sus hijos tiranos pueden –y deben– pedir ayuda externa. Primera visita: el pediatra, que les ofrecerá pautas y consejos sobre cómo actuar. Algunos niños –y sus padres– necesitan además psicoterapia dependiendo de los sÃntomas y de su edad. Si se trata de pre-adolescentes o adolescentes y ya se han vuelto agresivos, el problema es más serio y la terapia, más larga.
Además, se pueden fijar las siguientes reglas para atajar comportamientos tiránicos:
* Ambos progenitores deben estar de acuerdo en cómo quieren educar a sus hijos, en cuál va a ser su modelo educativo y actuar ante él sin fisuras, porque si las hay, el niño se aprovechará enseguida de ellas.
* Los padres deben ser capaces de admitir que su hijo es un tirano y no buscarle atenuantes.
* Rutina, rutina y más rutina. El dÃa a dÃa del niño debe estar pautado: horas fijas para comer, para acostarse, para hacer los deberes. También debe tener una serie de obligaciones en casa –hacer la cama, poner y quitar la mesa, etcétera– de las que no se puede escabullir. Y normas muy claras sobre su tiempo de ocio.
* Nada de amenazas. Las amenazas transmiten inseguridad al niño y sólo logran aumentar su tendencia a la negación.
* No se trata de prohibirlo todo después de haberle dejado hacerlo todo. Una vez dicho una cosa, no hay que retractarse, asà que más vale pensar con calma antes de hablar y actuar.
* No hay que ponerse a la altura del niño: si grita, patalea y monta una escenita, hay que respirar y contenerse. Nada de chillidos, sofocones o tortazos, mejor esperar a que se calme sin hacerle el más mÃnimo caso.
* No sirve de nada argumentar sin fin, el niño tirano no está acostumbrado a las palabras. En vez de discutir, hay que recordarle cuáles son las reglas que hemos fijado y su deber de respetarlas.
* Tampoco sirve pedirle que se ponga en tu lugar: justamente una de sus caracterÃsticas es su falta de empatÃa.
* Recordar que los milagros no existen y la educación es una carrera de fondo: puede que no haya resultados inmediatos, pero, según va creciendo, el niño logrará interiorizar nuestras enseñanzas.