No levantes la voz. Mejora tu argumento.

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Desconectado Marcelo Aguirre

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No levantes la voz. Mejora tu argumento.
« en: Noviembre 19, 2014, 09:58:48 pm »
No levantes la voz. Mejora tu argumento.


Esta es una expresión que Desmond Tutu (Premio Nobel de la Paz 1984) solía escuchar decir a su padre con cierta frecuencia y… ¡cuánta razón llevaba!

Tenemos la incomprensible costumbre de alzar la voz en cada uno de nuestros argumentos pensando dos cosas: una, que se nos va a oír mejor y dos, que de esa manera vamos a tener, aún más, la razón. Es decir, algo así como lo que hacen la gran mayoría de las personas que no hablan otro idioma: levantan la voz y hablan más despacio de lo habitual pensando que, de esa forma, su carencia lingüística va a pasar totalmente desapercibida y, por arte magia, la otra parte va a ser capaz de entender todas y cada una de las palabras que intente articular. Otra cosa no pero, en honor a la verdad hay que reconocer que, presenciar una situación de ese tipo, además de bastante graciosa, resulta un tanto cómica.

Pero vamos, sin desviarnos mucho del tema que nos ocupa, bien es cierto que aprovechamos cualquier oportunidad para ‘levantar nuestra voz’ dos, tres, cuatro, cinco, siete… tonos por encima del habitual y del que, naturalmente, no tendríamos necesidad alguna de elevar si, aquello que queremos decir, ciertamente guarda un mínimo de coherencia, consistencia y solidez en nuestro argumento. Aquí, lo peor de todo es que, cuando ésto sucede, encontramos ‘todas las maneras habidas y por haber’ para justificar cada una de las razones que nos llevan a ello y, cuando nos encontramos en ese punto, es muy probable que hayamos traspasado, incluso, los límites de la tolerancia y hayamos optado por comportarnos como auténticos niños malcriados y consentidos, incapaces de escuchar o recibir opiniones diferentes a la nuestra donde solamente nos resulta válida la imposición de nuestros criterios. Sin necesidad de añadir mucho más al respecto, creo que a todos nos quedará mucho más claro todavía si menciono aquello de que, queriendo o sin querer, ya habremos dejado entrar en escena a uno de nuestros mayores y peores enemigos: el ego.

Podemos negar la evidencia si así vamos a sentirnos mejor pero… ‘pongo la mano en el fuego y no me quemo’ si aseguro que, haciendo memoria, más de uno se habrá sentido identificado con mis palabras y, más aún, se habrá imaginado a sí mismo en plena acción. Eso sí, luego lo solucionamos rápido echándonos las manos a la cabeza, arrepintiéndonos de nuestra desafortunada actuación y, nos repetimos una y otra vez que no volveremos a hacerlo hasta que… recaemos y cometemos de nuevo el mismo error.

¿Cuántas veces? Pues… tantas como haya necesitado nuestro aprendizaje consciente para ‘cortar el bucle’. Cada persona es un mundo y, en ese sentido, no hay un número específico que pueda servirnos de orientación. Lo que sí es cierto es que sólo vale la puesta en práctica de tres o cuatro habilidades básicas a desarrollar si, de forma innata,  no se encuentran en nuestro abanico o en nuestro archivo de facultades: escucha activa, empatía, sensatez y la justa paciencia para concederle tiempo a nuestro interlocutor.

Mi intención no es criticar comportamientos o dar lecciones de ningún tipo, nada que ver con la realidad. Al contrario, tan sólo pretendo aportar un punto de vista que nos incite a recapacitar sobre algo que es fundamental y que, muchas veces, perdemos de vista: cuando hablamos, cuando nos interrelacionamos, se trata de comunicar y, en ningún caso, de gritar.

No debemos olvidar que, el hecho de levantar la voz cuando hablamos y, mucho más, cuando lo que realmente queremos es sentirnos escuchados (que no oídos) para hacerle ver a los demás que ‘nuestras palabras’ merecen la pena, lo único que conseguimos es el efecto contrario, hasta el punto de llegar a despertar (o provocar) cierto rechazo involuntario en el otro que, automáticamente, nos condiciona, nos ayuda bien poco y, peor aún, en determinadas circunstancias, logra jugar en nuestra contra, puesto que nuestra conducta es susceptible de desacreditarnos. Máxime, cuando lo que hacemos es guiarnos por nuestra ofuscación, impulsividad o exaltación del momento que, son cualquier cosa menos sinónimo de la razón que, por otra parte, sí necesitamos para darle valor a nuestros argumentos.

Precisamente porque los únicos perjudicados y malparados en todo ésto somos nosotros, no podemos (o no deberíamos) engañarnos con nuestro comportamiento y es por ésto por lo que más nos valdría hacer caso a otro aspecto igual o más importante que el anterior como es el hecho de atender al ‘cómo’ y no tanto al ‘qué’ de nuestras explicaciones. Es decir, guardar las formas. Y, ésto, no significa que nuestras palabras o el significado de éstas no sean importantes. Lo que estoy diciendo es que muchas veces ‘perdemos la razón’ simplemente porque nos dejamos llevar, hasta el punto de perder los papeles y perder el verdadero foco de nuestra atención (e intención) como es la de ‘poner en firme cada una de nuestras ideas’ y, aquí, resulta imprescindible no perder de vista algo esencial: nuestra actitud. Bien llevada es fantástica y lo mejor que puede pasarnos. Mal llevada, puede resultarnos muy dañina, entre otras cosas por lo traicionera que puede llegar a ser. No saber conducirla adecuadamente, puede ser un desacierto total para nosotros y lo cierto es que para evitarlo, tal vez, nos haría mucho bien, hacer uso de una de las múltiples enseñanzas que Ludwig Van Beethoven nos dejó como legado: “Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”.

Potente ¿verdad? Pues… imagínate si además somos capaces de llegar a ponerlo en práctica. Quizá no sea fácil de entrada pero… ésto es como todo, lo único que vale es practicar, practicar y practicar.